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miércoles, 18 de agosto de 2010

Presentación en la Iglesia de Cristo (15/08/10)

Antes de comenzar, debo decir que estoy sumamente agradecida con la iglesia por esta oportunidad de poder presentarme ante ustedes. Sé que no muchos me conocen, así que les contaré que soy la mayor de 3 hermanas, que tengo 19 años y estudio medicina en la universidad de Buenos Aires.
No sé si alguien conoce este programa de la PUC, pero yo pertenecía al PENTA UC. Y los que estudien o hayan estudiado en la católica, sabrán que siempre se están haciendo misiones en esa universidad.
El 2007 yo participé en Siembra UC. Fuimos a Panguipulli durante el invierno y en ese entonces, yo no era cristiana. Si bien, había nacido en una familia que “creía en Dios” en mi casa nunca estuvo lo de ir a la iglesia cada domingo u orar constantemente, entonces estas misiones eran realmente mi primera aproximación a Dios. Fueron 10 días, con lluvia todos los días, temperaturas bajo 0, compartiendo con mucha gente. No puedo explicar cuánto gozo sentía en ese momento al ver cómo actuaba la gente cuando tenía a Dios en su corazón. Desde aquel viaje, mi vida comenzó a cambiar radicalmente. Comencé a buscar a Dios de un modo distinto, todo lo que tenía que ver con Él llamaba mi atención, quería conocerlo, quería sentirlo, quería ver qué tan grande era. Necesitaba descubrir el “misterio” de Dios. Llegar a la tomar la decisión de ser cristiana no era una cuestión fácil, sabía que implicaría leer la Biblia mucho más, asistir a una iglesia, tener una relación con Dios para toda la vida, cuidarla y fortalecerla y también, que tendría que vivir según lo que Él manda.
En noviembre de 2008 fui de campamento con mis amigos al cajón del Maipo y en el bus me puse a cantar. Una de las niñas que iba en el mismo bus, se puso a cantar conmigo y resulta que ella y sus amigos, eran de El Oasis. Me puse a conversar con ellos, me hablaron de la comunidad y me invitaron a asistir y sin más, fui. Ahí he conocido personas increíbles, que me han animado y guiado.
El año pasado tomé la decisión de seguir a Cristo y comprendí que finalmente el misterio como escribe Pablo es Cristo en nosotros, la esperanza de gloria.
Dios ha llenado mi vida de bendiciones, de gozo, de paz y aunque ha habido momentos malos y buenos, días con lluvia y sol, he permanecido firme en mi fe y en mi decisión de vivir de acuerdo a su voluntad. Él abrió mis ojos para poder presenciar su grandeza y le habló a mi corazón. Todo lo que Dios ha hecho en mi, necesito transmitirlo, no puedo imaginar un mundo sin el conocimiento de Cristo y a veces es triste darme cuenta de que mucha gente en la Tierra, no tienen idea de quién es realmente Jesús y no alcanza a percibir lo que ha hecho por nosotros.
En Buenos Aires fui a un merendero en la zona del Tigre, estuve en una villa compartiendo con niños y jóvenes en riesgo social y fue bkn poder hablarles de Cristo y sembrar algo de esperanza en ellos, cuando muchas veces parece que el mundo les juega en contra. También junto a jóvenes de la iglesia hemos ido a visitar gente en la calle. Este fue uno de los inviernos más duros en Argentina, no se veían temperaturas tan bajas desde hace mucho tiempo y la cantidad de vagabundos que uno ve, a mi me impresiona, porque en Santiago, quizás por ser una ciudad más chica, no encontramos tantos. A veces, te encuentras con familias enteras viviendo en situaciones sumamente difíciles, sin ropa adecuada para pasar el frío, enfermos, con hambre y niños expuestos a todo. Me gusta el Salmo 9:18 que dice “Pero no se olvidará para siempre al necesitado, ni para siempre se perderá la esperanza del pobre”
Ahora tengo la oportunidad de ir a Kenya, claramente un país con muchas necesidades. Yo no alcanzo a dimensionar la pobreza de estas personas, y posiblemente, lo que yo pueda hacer allá, no cambie mucho la situación desigual en la que viven. Pero sí sé, que con Cristo, comprendemos que la riqueza no está acá, sino en su reino. Sé que él pude aligerar nuestras cargas, darnos sabiduría para comprender su palabra, darnos consuelo, paz, alegría, porque aunque nos falte todo, nuestra esperanza está en Él y con Él, somos más que victoriosos ¿no?
Yo quiero ir a Kenya para ser luz en medio de un estado en caos y me emociona, me apasiona pensar que podré servir y compartir con la gente que más necesita de nuestra compasión.
Mientras despierte, agradeceré a Dios que todavía me invite a ser parte de su misión. Con gozo, seguiré compartiendo su evangelio, intentando mostrar cada día a un Cristo que vive y obra en mi, para que más personas puedan alabarlo.

lunes, 19 de abril de 2010

Los Titulares del Gran Juego


Al igual que un jugador de fútbol, hay pequeños momentos antes de los grandes juegos, en donde uno debe dejar todo en la cancha para mostrar que puede ser titular de la selección. Así también muchas veces vi mi vida, como los partidos previos a ese "Gran Juego" aquel que está lleno de gloria y mi victoria en él es más trascendental que cualquier otra cosa.
Como cristiana sé que el pase para participar de ese Gran Juego en los cielos, depende de la gracia de Dios, más allá de todo aquello por lo que me pueda esforzar. Nada habrá que se compare a todo lo que Él me entrega. No obstante, la idea de un partido de fútbol me recuerda que todos somos importantes en ese Gran Juego. Desde el goleador, al arquero, desde aquel que lleva el agua, hasta el que cuida el césped, Dios quiere que nos desempeñemos bien en cualquier área en la que trabajemos, que seamos activos que brillemos, para que a través de nuestra luz, otros puedan alabarlo (Mt 5:16). Nos ha dado dones, para que los pongamos al servicio del cuerpo de Cristo, que somos nosotros.
¿Cuántas veces no hemos visto algo que nos incomoda y oramos para que esa situación cambie lo más pronto posible? Si bien la oración ya es una intervención notable y poderosa ¿Cuántos son los que realmente dicen, yo puedo cambiar esta situación? Muchas veces nos limitamos a ser sólo espectadores, queremos que nuestro equipo gane, pero mirando desde las tribunas. ¿Quiere Dios que yo esté en las tribunas, o bien desea que utilice mis talentos para ayudar al equipo?
En Isaías 6:8 Dios pregunta “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?” e Isaías responde “Aquí estoy. ¡Envíame a mi!”. ¡Es tiempo de ser protagonistas! Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, amor y de dominio propio. (2 Ti 1:7)

jueves, 11 de febrero de 2010

El hombre de piedra


El hombre de piedra cree ser fuerte, porque su corazón está duro, a él nada le afecta y nadie puede quebrantarlo. Orgulloso mira cómo ni las aves se le acercan, por temor a su poder. Pero el hombre de piedra no sabe que en realidad no es fuerte, sino más bien, él sólo se ha vuelto insensible. A él no pueden romperle el corazón, porque evita toda clase de sentimientos.
Entre hombre y piedra, cada día más piedra, él mira con recelo a cada ser que se le cruza. En sus pies dejó las emociones, para exaltar sus pensamientos y llevarlos a lo sumo. Él observa y analiza cada situación con cuidado, no vaya a ser que finalmente ocurra aquello que tanto teme… la desestructuralización de su mundo.

Vive Contento (Alberto Hurtado SJ)


Hay algo que todos queremos unánimemente en todo el mundo: santos y pecadores, paganos y cristianos, grandes y chicos. Todos convenimos en una aspiración: La alegría; todos queremos ser felices.

Por eso, quien ha conseguido la felicidad ejerce una influencia inmensa, un poder de atracción enorme. Todos lo admiran, lo envidian, buscan su compañía, se sienten bien junto a él. En cambio, un hombre por más virtuoso que sea, si vive melancólico merecerá que se diga: Un santo triste, es un triste santo. Si vive lamentándose de todo, del tiempo, de las costumbres, de los hombres..., los hombres terminarán por alejarse de él, pues el corazón humano busca la alegría, lo positivo, el amor.

Y ¿cómo conseguir esa actitud de alegría que hay que tener en sí antes de poder comunicarla a los demás? Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, por lo que podrá ocurrirle en el porvenir. Viven encerrados en sí mismos y, claro está, no pueden salir. Cada idea que les viene a la mente parece hundirlos más en su pesimismo. Se parecen al que se hunde en el barro que mientras forcejea solo por salir, se hundirá más y más. Necesita tomarse de una fuerza extraña, distinta, para poder salir. Que se olviden, pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.

No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.

Más aún: en los lazaretos, en los hospitales del cáncer se encuentran almas inmensamente más felices que en medio de las riquezas y en plenitud de fuerzas corporales. Una leprosa a punto de morir ciega, deshechos sus miembros por la enfermedad, escribía: “La luz me robó a mis ojos. A mi niñez su techo, mas no robó a mi pecho, la dicha ni el amor”.

La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial.

Para quien sabe que no se cae un cabello de nuestra cabeza sin que el Padre de los cielos, que es al propio tiempo su Padre, lo sepa ¿qué podrá entristecerlo? Como decía Santa Teresa: “Dios lo sabe todo, lo puede todo; me ama”. La gran receta para tener alegría, es vivir de fe.

Quienquiera ayudarse también de medios naturales comience por no dejarse tomar por una actitud de tristeza. Sonría aunque no quiera; y si ni eso puede, tómese los cachetes y haga el paréntesis de la sonrisa.

No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás.

¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado. Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.

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Nuestro temor más profundo

Nuestro temor más profundo no es que seamos inadecuados, nuestro temor más profundo es que somos infinitamente poderosos. Nos preguntamos ¿Quién soy yo para ser brillante, bello, talentoso y fabuloso? En realidad ¿Quién eres para no serlo?

Nacimos para manifestar nuestro infinito poder que llevamos dentro. Y al dejar brillar nuestra luz, inconcientemente permitimos, que otros hagan lo mismo.


*En la película "Akeelah and the bee"

Igualmente (Madre Teresa de Calcuta)


La gente es muchas veces irracional, ilógica y egoísta;
igualmente quiérela
Si haces el bien, la gente pensará que lo haces por motivos egoístas; igualmente házlo
Si eres exitoso, es posible que atraigas falsos amigos y verdaderos enemigos; igualmente triunfa
Las obras buenas que hagas podrán ser mañana olvidadas; igualmente realízalas
La honestidad y la franqueza pueden volverte vulnerable; igualmente sé franco y honesto
Lo que te costará años construir puede destruirse de un día para el otro; igualmente constrúyelo
Aunque la gente necesite ayuda, puede molestarse si la ayudas; igualmente ayúdala
Entrega lo mejor de tí mismo, aunque a los demás siempre les parezca poco;
igualmente entrégate.

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domingo, 15 de noviembre de 2009

Dime cuándo dejó de ser un juego...

Yo y mis amigos habíamos estado mucho tiempo esperando a que el mayor centro de realidad virtual llegara a Chile, el “Cerev”. Cuando finalmente se instaló en Santiago, ofreció como premio al mejor jugador del mes, ser el "Administrador" de una sala! Al principio contaba con siete salas: La de deportes extremos, la de ingenio, la de batallas, la de baile, la de caza, la del miedo y otra secreta... Todos querían jugar y alcanzar la mayor cantidad de puntos para lograr ganar el puesto. Comencé a ir todos los días durante un mes, casi no comía, sólo pasaba en el centro jugando y jugando y... Cuando llegó el fin del mes todos estábamos expectantes por conocer al ganador y ¡ah, sorpresa! ¡Yo fui la ganadora! Publicaron en la página web los resultados del juego y muchos amigos fueron a visitarme los días siguientes a este hecho. Escogí administrar la sala secreta y esto me ponía realmente emocionada, porque para administrar esa sala debía entrar en ella, jugar y ganar. Ya conocía el sistema, había tenido éxito en las otras seis salas... ¿qué podía salir mal en ésta?
Finalmente terminé siendo la administradora de la sala secreta, pero me di cuenta de que nadie iba a ella, y no es que nadie la deseara, sino más bien, que no había alguien con la destreza necesaria para ingresar.
Uno de mis amigos, Matías, fue un Martes a verme y me preguntó:” ¿Qué tan difícil es la ‘sala secreta’?”. Le mostré un plano de las etapas por las que pasé y me dijo:” ¡Sólo es un problema de ingenio, hasta yo lo habría resuelto!”
Realmente me detuve a pensar en lo difícil que había sido y cómo no se trataba sólo de un problema de agudeza mental. Le expliqué el contexto en el tuve que resolver eso y de pronto, me vi saliendo de un capullo gigante, estaba colgada junto a otros dos capullos en un lugar con poca luz. Miré a mi izquierda y había un estante de metal maltrecho, sobre él unos sacos, no tenía una de sus dos puertas y entonces pude ver un cadáver. Era la cara de una mujer, su piel era blanca, su cabello oscuro, llevaba poca ropa y algo de maquillaje. Miré a mi derecha y vi a un hombre, pequeño. Su mano izquierda era de metal oxidado, casi tan grande como el porte de él mismo. Tenía tres garras y llamaba a un chico desde la puerta. Rápidamente llegó y supuse que era su asistente o algo así, porque obedecía sus órdenes y además se inclinaba ante él. Lo envió a buscar un bebé nuevo y cambiarlo…
El hombre me miró y me dijo que bajara ya del capullo que debía pensar en cómo llevar todos los sacos que estaban sobre el estante hasta el cuarto doce antes de que terminara el día. No sé por qué tuve miedo y de inmediato di un salto.
Miré un poco más estando en el suelo. Ese sitio era un matadero humano, habían cuerpos colgados por todos lados, me angustié y quise cumplir con el trabajo para no correr la misma suerte que la chica del estante.
Tomé uno de los sacos y caminé hacia el cuarto doce… No me ubicaba bien, habían escaleras que se cruzaban por doquier, los caminos eran confusos y no habían señalizaciones.
Vi al asistente avanzar con una canasta hacia una habitación, lo seguí con cautela y me escondí tras un muro. Él tomó la canasta, en ella había un bebé, y la dejó sobre una gran mesa de piedra. En la mesa también estaba un niño, debió haber tenido unos dos años. Él lo metió en un pequeño bote y mientras el chico lloraba, lo arrojó por un tubo hacia el río. Cerré mis ojos y tapé mi boca con mis manos para no hacer ninguna exclamación. Pude seguir al niño con la mirada mientras lo alejaba la corriente, comencé a sentirme tranquila de que estuviera en un bote y hasta imaginé que quizás alguien podía encontrarlo y compadecerse de él. Un rápido se presentó y el bote se dio vuelta, el niño se ahogó…
El hombre pequeño llamó al asistente y le dijo:” Chris, sé que esta chica no está llevando los sacos donde le pedí, llévala al cuarto quince”
Caminé junto a él sin imaginar lo que podía pasar. Lo ocurrido con el niño me había quitado las palabras, los pensamientos, el alma.
Nos detuvimos frente a una puerta que tenía pintado el número “15” con rojo. Recordé que antes había estado ahí, en uno de los juegos del “Cerev”. Abrí la puerta y en una silla estaba Dani, una de mis amigas. Tenía en sus manos una máquina parecida a unos binoculares que, al presionarlos mal, sacaban unas puntas que iban directo a tus ojos dejándote ciego. Quise advertirle, pero Chris no me dejó y me dijo que si lo hacía, ambas moriríamos.
No sabía qué hacer, ella presionaba muchos botones y estaba próxima a ir por el equivocado, no se me ocurrió nada más que insultarla. Comencé a decirle todas las cosas que sabía que le dolerían y la animaba a pelear conmigo entonces dejó la máquina y llorando fue hacia donde me encontraba, gritando que yo era la peor amiga, la peor persona que podía existir y que quería matarme. Ella tomó un cuchillo que estaba cerca de la silla y comenzó a correr y yo no esperé más y salí arrancando. Bajé rápido las escaleras, Dani me perseguía con una furia enloquecida y sacabas fuerzas y agilidad de algún lugar desconocido, pero que a mi me causaba pavor.
Cuando llegamos abajo Chris ya había dado aviso al hombre pequeño y éste, a otro hombre de mucho más poder. Su sola presencia era imponente y los tres estaban esperándonos.
Mientras seguía corriendo le gritaba a Dani que le había dicho esas cosas para salvarla y que debíamos huir de ese sitio, porque era peligroso.
Elisa, la hermana de Dani, apareció en un auto azul. Ambas subimos y ella aceleró al máximo, hasta perderlos de vista.
Llegamos al hospital de una ciudad. Elisa estaba herida, pues no le había sido fácil entrar al recinto y unos hombres habían intentado incluso violarla, pero en el forcejeo logró escapar y robarle al dueño del matadero uno de sus autos. Nos contó que el dueño era el señor Caliri, hombre importante y reconocido a nivel mundial, dueño de las grandes empresas tecnológicas y entre otras cosas, acusado de pedofilia.
Cuando curaron las heridas de Elisa salimos hacia un paseo en la avenida principal. Había mucha gente transitando y un tren pasaba en dirección sur. Vi a Chris y al señor Caliri sentados afuera de un café y me acerqué a ellos. Dani y Elisa se quedaron atrás y supuse que tomarían el tren.
- No pueden con nosotras- les dije.
- ¿Dónde están tus amigas?- replicó el Señor Caliri.
- Se fueron al Sur, jamás volverás a verlas- contesté.
De pronto vi a Dani acercándose a nosotros y rogué a Dios que no la vieran. Ella al parecer se dio cuenta, porque se ocultó tras un letrero. Le hice una seña para que se fuera en el tren con Elisa, no volví a verla.
El señor Caliri ya no podía intervenir en mi vida, ni yo en la de él. Los acompañé cuando se levantaron de sus asientos y caminaron hacia una tienda de zapatos para niños.
Una zapatilla estaba en el suelo y el señor Caliri la recogió, y mientras se inclinaba le preguntó a un chico que estaba de la mano de su mamá si quería ir con él. El pequeño asintió con la cabeza y luego el señor Caliri le contó un secreto. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pobre niño, pensé. Quise evitar lo que sucedería, pero ninguno podía participar en la vida y la decisión de los demás…