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miércoles, 14 de marzo de 2012

Una Sonrisa - Madre Teresa de Calcuta


Una sonrisa en los labios alegra nuestro corazón,
conserva nuestro buen humor,
guarda nuestra alma en paz,
vigoriza la salud,
embellece nuestro rostro
e inspira buenas obras.

Sonriamos a los rostros tristes,
tímidos, enfermos, conocidos,
familiares y amigos.

Sonriámosle a Dios con la aceptación
de todo lo que El nos envié y
tendremos el merito de poseer
la mirada radiante de su rostro
con su amor por toda la eternidad.

Las palabras de Cristo son muy claras,
pero debemos entenderlas como una
realidad viviente, tal como El las propuso.
Cuando El habla de hambre,
no habla solamente del hambre de pan,
sino hambre de amor, hambre de ser
comprendido, de ser querido.

El experimentó lo que es ser rechazado porque
vino entre los suyos y los suyos no lo quisieron.
Y El conoció lo que es estar solo,
abandonado, y no tener a nadie suyo.

Esta hambre de hoy, que esta rompiendo vidas en todo el mundo destruyendo
hogares y naciones, habla de no tener hogar, no solamente un cuarto con
techo, pero el anhelo de ser aceptado, de ser tratado con compasión, y que
alguien abra nuestro corazón para recibir al que se sienta abandonado.

-Madre Teresa, M.C.

Mi árbol, mi abuelo y yo


El árbol que está en la fotografía, es un Jacarandá. Mi abuelo lo plantó cuando yo iba a nacer, entonces el árbol y yo, tenemos la misma edad.
Desde que era una niña, mi abuelo siempre me dijo que aquel Jacarandá, era mi hermano y yo lo creí.
Cuando tenía 4 años (y esto siempre lo recuerdo, porque fue el verano antes de entrar a kinder), mis padres tuvieron una discusión horrible... Bien, técnicamente no eran mis padres, era mi madre y mi padrastro, sólo que no supe eso hasta los 7. Durante la discusión yo me sentí muy mal y no podía creer que aquellas dos personas fueran en verdad mis papás. Mi abuelo no estaba en casa y yo sólo quería llorar e irme de ahí e influenciada por un capítulo de "El chavo del 8" en donde él se iba del vecindario, me fui yo también de casa, pensando que todo lo que necesitaba para vivir, era mi pelota de plástico y un palo de escoba al cual amarrarla.
Salí de mi casa y comencé a dar vuelta a la manzana, pensando sólo una cosa... "si ellos no son mis papás, entonces quiénes sí lo son?" La respuesta no tardó en llegar a mi mente, pues mi abuelo me había dado las pistas necesarias: "Mi árbol es mi hermano... quiénes son los padres de mi hermano?... el cielo y la tierra!" eureka! había descifrado el misterio. Luego de descubrir que el cielo y la tierra eran mis padres, me pregunté otras cosas como: "qué haré para sobrevivir?". Mi abuela ese verano había viajado en tren a Chillán, así que pensé en tomar un tren también al sur y dedicarme a criar animales y tener un huerto.
Mientras seguía caminando y dando la vuelta a la manzana, decidí que lo mejor sería volver a casa, porque después de todo, ya conocía la verdad y nadie podría engañarme otra vez.
Así es como desde los 4 a los 16 años, creí firmemente que el cielo y la tierra eran mis padres y que aquel árbol que mi abuelo plantó, era mi hermano.
Eso me ayudó mucho a no temer, a ser valiente, a tener respeto por la naturaleza, por la creación.
En cualquier cosa que yo hacía, tenía la seguridad de que mis padres estaban conmigo y mi árbol también. Si estaba triste, subía a mi árbol para pasar mis penas o lo abraza y siempre he creído que él tiene un espacio para mi, como si mi cara se ajustara a su forma o su forma a mi cara. Lo mismo si necesitaba meditar.
Hace unos días, cuando supe que mi abuelo murió, me sentía tan triste que sólo anhelaba ser niña otra vez, para pedirle a él ayuda para subir a mi árbol y quedarme ahí, por horas...

martes, 15 de noviembre de 2011

Con respecto al tiempo...


A estas alturas del año, siempre me parece que todo ha pasado tan rápido! y pienso en lo que he vivido hacia atrás y en cómo deseé en algún momento llegar a este punto pronto, porque lo que vivía en otra ocasión pudo haber sido doloroso, triste, agobiante, difícil, en fin.
Todos los días ando en bici y a veces, estoy realmente cansada y pienso en la distancia que me queda para llegar a casa y me digo "Ay Dios! Cómo voy a llegar hasta allá" y me subo y comienzo a pedalear, y mientras avanzo, no siempre dejo de sentirme así, agotada, disfruto de lo que veo, pero no entiendo cómo mis pies siguen avanzo siendo que de verdad a veces creo que ya no puedo más. Y es así, hasta que llego a un camino conocido y sé que para llegar a casa falta poco, ahí es como si el agotamiento desapareciera y mis fuerzas se renovaran y cuando estoy finalmente en casa, todo lo que pasé y pensé para llegar a ella, no importa mucho, porque ya estoy donde quería!
Con respecto al tiempo y las cosas que uno vive para llegar a cierto punto en la vida, me parece que es igual, porque no importa qué tan difícil pueda ser lo que estás viviendo ahora, en algún momento pasará y cuando mires hacia atrás, notarás que ha pasado tan rápido! Por más que hayan sido meses, años, días o quizá sólo una horas, si tienes claro a dónde vas, una vez que estés allí todo hacia atrás habrá valido la pena.
Ahora bien, pensaba en esto también aplicándolo a la eternidad. ¿Para qué vivo ahora? Deseo en algún momento disfrutar de lo eterno, de estar con Dios y si es así, todo lo que suceda en esta vida, es para llegar a ese punto, a mi casa en los cielos. Muchas veces me sentiré mal, y no sabré cómo es que estoy avanzando, el camino me parecerá agobiante, recobraré fuerzas cuando vea* que estoy cerca y todo, absolutamente todo en algún momento, habrá valido la pena si estoy con Él eternamente.

*Con “ver”, me refiero a un ver que no es con los ojos ;)

lunes, 10 de octubre de 2011

Un fuego que enciende otros fuegos, pp. 53-55 (Alberto Hurtado)

¿Cómo llenar mi vida?

La enfermedad de moda en nuestros días es la neurosis. Una de las profesiones que más trabajo tiene es la de psiquiatra... Muchas personas que se creen atacadas por neurosis no tienen neurosis, sino vaciedad de vida: No tienen nada que hacer, nada que las saque de sí mismas; viven concentradas en su interior, siempre mirándose al espejo de su pensamiento: si están bien, si están mal; si las estiman o no; si la miraron, por qué; si no, por qué la dejaron de mirar... Castillos en el aire... sobre lo que los otros piensan de ella... La neurosis está a la puerta, la vida se tiñó para siempre de tristeza. ¡El egoísmo está en la raíz del mal! ¿Cómo curar esa neurosis? Antes de ir al psiquiatra, yo aconsejaría a esa persona que consultara a un Director Espiritual prudente. Puede que la raíz de su mal sea un complejo sepultado en su interior, desde sus primeros años, pero lo más probable es que sea simplemente una vida vacía, sin sentido; un alma que espera algo que la llene, que la tome, que le dé sentido a su existencia.
¡Es tan triste vegetar! ¡Ver que los años pasan y que no se ha hecho nada!, que nadie la mira con ojos agradecidos... que no tiene dónde volverse para encontrar amor.
El cristianismo en esta materia, como en las demás, no es sólo ley de santidad, sino también de salud espiritual y mental. Para algunos, la moral cristiana es un código sumamente complicado, largo, detallado, estrecho... que puede ser violado aun sin darse cuenta. Es un conjunto de leyes ordinariamente negativas: no hagas esto, ni aquello... ¿Cómo voy a poder llenar mi vida con negaciones?
Pero, felizmente, la verdad es muy distinta. El cristianismo no es un conjunto de prohibiciones, sino una gran afirmación... y no muchas, una: Amar. "Dios es amor" (1Jn 4,8), y la moral de quienes han sido creados a imagen y semejanza de Dios, es la moral del Amor. "¿Cuál es el precepto más grande de la ley? Amarás... y el segundo, semejante al primero, es éste: y amarás a tú prójimo como a ti mismo" (cf. Mt 22,37-39). Por eso, Bossuet, con su genio clarísimo podía decir: "Seamos cristianos, esto es, amemos a nuestros hermanos".
La mejor manera de llenar la vida: llenarla de amor, y al hacerlo así no estamos sino cumpliendo el precepto del Maestro. Poco antes de partir de este mundo, al querer resumir toda su enseñanza en un precepto fundamental, nos encargó: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros... En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros..." (cf. Jn 13,34-35). ¡En esto, y sólo en esto, conocerá el mundo que sois mis discípulos!
Los primeros cristianos se preguntaban: -¿Cómo se salva a un hombre? -Amándolo, sufriendo con él, haciéndose uno con él, en el dolor, en su propio sufrimiento. No con discursos, que no cuesta nada pronunciarlos; con sermones que no cambian nuestras vidas; ¡sino con la evidente demostración del amor! La Iglesia necesita no demostradores, sino testigos.
Por eso es que creo que en los tiempos difíciles que nos aguardan, Dios en su inmensa misericordia va a suscitar espíritus nuevos. Yo no me extrañaría de ver una nueva Congregación religiosa vestida de overall, con voto de trabajar en las fábricas y de vivir en los conventillos para salvar al mundo; como hemos visto a las hermanitas de la Asunción y a las de la Santa Cruz darse enteras para la redención de los adoloridos. Y acabamos de leer una obra maravillosa de un sacerdote obrero, quien para salvar a sus hermanos expatriados se deporta, obrero como ellos...
Y entre todos los hombres, hay algunos a quienes Cristo nos recomienda en forma especial: a sus pobres. "¿Quién es mi prójimo?", le pregunta un doctor de la ley a Jesús, y Él le contesta: "Por el camino de Jericó bajaba un pobre hombre... medio muerto... Haz tú lo mismo" (cf. Lc 15,29-37). Y hacer o no hacer estas obras de caridad con el prójimo es tan grave a los ojos de Dios que va a constituir la materia del juicio: "Tuve hambre... tuve sed... estuve preso... No 'me' disteis... no 'me'..." (cf. Mt 25,31-46). El prójimo, el pobre en especial, es Cristo en persona. "Lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos a 'mí' lo hacéis". El pobre suplementero, el lustrabotas, la mujercita tuberculosa, es Cristo. El borracho... ¡no nos escandalicemos, es Cristo! ¡Insultarlo, burlarse de él, despreciarlo!, ¡es despreciar a Cristo! ¡¡Lo que hiciereis al menor, a mí lo hacéis!! Esta es la razón del nombre "Hogar de Cristo".
Mucho se habla en estos días de orden social cristiano y con mucha razón. Orden que supone una legislación basada en el bien común, en la justicia social, pero orden que sólo será posible si los cristianos nos llenamos del deseo de amor, que se traducirá en dar. Menos palabras y más obras. El mundo moderno es antiintelectualista: cree en lo que ve, en los hechos.
Cuando los pobres ven, palpan su dolor y nos miran a nosotros cristianos, ¿qué tienen derecho a pedirnos? ¿A nosotros que creemos que Cristo vive en cada pobre? ¿Podrán aceptar nuestra fe si nos ven guardar todas las comodidades, y odiar al comunismo por lo que pretende quitarnos, más que por lo que tiene de ateo? ¿Cuál debe ser nuestra actitud?: ¡Sentido social!, servir, dar, amar. Llenar mi vida, de los otros.

domingo, 2 de octubre de 2011

Un fuego que enciende otros fuegos, pp. 41-42 (Alberto Hurtado)

Jesús recibe a los pecadores

"¡Éste recibe a los pecadores!" era la acusación que lanzaban contra Jesucristo hipócritamente escandalizados los fariseos (Lc 15,2). "¡Éste recibe a los pecadores!". Y ¡es verdad! Esas palabras son como el distintivo exclusivo de Jesucristo. ¡Ahí pueden escribirse sobre esa cruz, en la puerta de ese Sagrario!
Distintivo exclusivo, porque si no es Jesucristo, ¿quién recibe misericordiosamente a los pecadores? ¿Acaso el mundo?... ¿El mundo?... ¡por Dios!, si se nos asomara a la frente toda la lepra moral de injusticias que quizás ocultamos en los repliegues de la conciencia, ¿qué haría el mundo sino huir de nosotros gritando escandalizado: ¡Fuera el leproso!? Rechazarnos brutalmente diciéndonos, como el fariseo, ¡apártate, que manchas con tu contacto!
El mundo hace pecadores a los hombres, pero luego que los hace pecadores, los condena, los injuria, y añade al fango de sus pecados el fango del desprecio. Fango sobre fango es el mundo: el mundo no recibe a los pecadores. A los pecadores no los recibe más que Jesucristo.
San Juan Crisóstomo: ¡Dios mío, ten misericordia de mí! ¿Misericordia pides? ¡Pues nada temas! Donde hay misericordia no hay investigaciones judiciales sobre la culpa, ni aparato de tribunales, ni necesidad de alegar razonadas excusas. ¡Grande es la tormenta de mis pecados, Dios mío! Pero, ¡mayor es la bonanza de tu misericordia!
Jesucristo, luego que apareció en el mundo, ¿a quién llama? ¡A los magos! ¿Y después de los magos? ¡Al publicano! ¿Y después del publicano? ¡A la prostituta!, ¿y después de la prostituta? ¡Al salteador! ¿Y después del salteador? ¡Al perseguidor impío!
¿Vives como un infiel? Infieles eran los magos. ¿Eres usurero? Usurero era el publicano. ¿Eres impuro? Impura era la prostituta. ¿Eres homicida? Homicida era el salteador. ¿Eres impío? Impío era Pablo, porque primero fue blasfemo y luego apóstol; primero perseguidor, luego evangelista... No me digas: "soy blasfemo, soy sacrílego, soy impuro". Pues, ¿no tienes ejemplo de todos los pecados perdonados por Dios?
¿Has pecado? Haz penitencia. ¿Has pecado mil veces? Haz penitencia mil veces. A tu lado se pondrá Satanás para desesperarte. No lo sigas, más bien recuerda estas cinco palabras: "Jesús recibe a los pecadores", palabras que son un grito inefable del amor, una efusión inagotable de misericordia, y una promesa inquebrantable de perdón.
Cuán hermoso es tornando a tus huellas
de nuevo por ellas
seguro correr.
No es tan dulce tras noche sombría
la lumbre del día
que empieza a nacer.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La búsqueda de Dios (Alberto Hurtado Cruchaga, S. J.)

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R e v i s t a M e n s a j e, Septiembre 1952, pp. 444-447 (póstumo), original de 1951.

El presente trabajo quiso el P. Hurtado que se publicara como despedida suya al irse a gozar de la vista de Dios. Se honra MENSAJE al cumplir este postrer encargo de quien fue para nosotros el guía luminoso, el alegre y entusiasta enamorado de Cristo (N. de la R.)
Época trágica la nuestra. Esta generación ha conocido dos horribles guerras mundiales y está a las puertas de un conflicto aun más trágico, un conflicto tan cruel que hasta los más interesados en provocarlo se detienen espantados, ante el pensamiento de las ruinas que acarreará.
La literatura que expresa nuestro siglo es una literatura apocalíptica. La Hora 25, El Cero y el Infinito, Cuerpos y Almas, considerados como las grandes novelas de estos últimos años, son el testimonio de un mundo atormentado hasta la locura.
Y la locura es el patrimonio de nuestro tiempo. Cada día crece su número. He visitado un hospital de 19.000 locos, y en las calles muchos que ambulan sienten comprometido su equilibrio interior. ¡Cuántos, en nuestro siglo, si no locos, se sienten inquietos, desconcertados, tristes, profundamente solos en el vasto mundo superpoblado, pero sin que la naturaleza ni los hombres hablen de nada a su espíritu, ni les den un mensaje de consuelo! ¿Por qué? Porque Dios está ausente de nuestro siglo.
Muchas definiciones se pueden das de nuestra época: edad del maquinismo, del relativismo, del confort. Mejor se diría una sociedad de la que Dios está ausente.
Esta despreocupación de Dios no está localizada en un país: es una ausencia universal. Es un hecho y una intención sistemática. Dios está ausente, expulsado del corazón mismo de la vida. La sociedad se ha encerrado en este rechazo de Dios y su ausencia la hace morir.
Muchos libros se podrían escribir sobre las formas del ateísmo contemporáneo. Basta mirar los carteles de nuestros muros, las imágenes de las revistas, los títulos de los diarios, la publicidad que se da a ciertos films y novelas, las inmundas fotografías o grabados de los semanarios. Seria necesario detenerse reposadamente para caer en la cuenta de esta ausencia de Dios, para llegar a sufrir en nuestra carne. León Bloy escribió: "El Creador está ausente de la ciudad, de los campos, de las leyes, de las artes, de las costumbres. Está ausente aún de la vida religiosa, en el sentido que hasta aquéllos que quieren ser sus íntimos amigos prescinden de su presencia".
El sentido del hombre ha reemplazado al sentido de Dios. En otros tiempos se atacó un dogma: fueron las herejías, trinitarias o cristológicas. En la época del renacimiento, el protestantismo atacó la Iglesia; el siglo XIX impugnó la divinidad de Cristo. Pero estaba reservada a nuestro siglo una negación más radical: la negación de Dios y su reemplazo por el hombre. El pecado del mundo actual es, como en tiempos antiguos, la idolatría, ¡la idolatría del hombre!
DESQUICIAMIENTO CONTEMPORANEO
Los grandes ídolos de nuestro tiempo son el dinero, la salud, el placer, la comodidad: lo que sirve al hombre. Y si pensamos en Dios, siempre hacemos de El un medio al servicio del hombre: le pedimos cuentas, juzgamos sus actos, nos quejamos cuando no satisface nuestros caprichos.
Dios en sí mismo parece no interesarnos. La contemplación está olvidada, la adoración y alabanza es poco comprendida. Muchos piensan que la contemplación es una especialidad buena - y aún eso se discute - para monjas y religiosos. Al hombre de mundo sólo le corresponde trabajar y gozar.
Nuestros estudios parecen centrados únicamente en el hombre. ¡Nos parece tan grande en nuestra época! La religión en los ojos de muchos que guardan su nombre y aún le conservan un sitio en la jerarquía de valores, conserva únicamente un sentido de herramienta humana, de fuerza de conservación y de progreso, pero no es una adoración y un servicio desinteresado del Creador.
El criterio de la eficacia, el rendimiento, la utilidad, funda los juicios de valor. No se comprende el acto gratuito, desinteresado, del que nada hay que esperar económicamente. Mucho menos se entiende el valor del sacrificio, el profundo sentido del fracaso, como la Redención fue un fracaso humano. La explicación es simple: en este siglo industrial todo se pesa, todo se cuenta, todo se mide. La adhesión de la inteligencia se obtiene a fuerza de utilidad y de propaganda. ¿Cómo no extender este criterio al dominio de las almas? Los medios sobrenaturales como la penitencia y la Eucaristía, son reemplazados por recetas naturales, por medios de pura prudencia humana: higiene, dignidad. Testimonio indiscutible de un debilitamiento del sentido de Dios.
Muchos continúan pronunciando el nombre de Dios: no pueden olvidar esas enseñanzas que desde pequeños les enseñaron sus padres, pero se han acostumbrado al sonido de la palabra DIOS, como algo cotidiano y se contentan con ella sola, tras la cual no hay ningún concepto vacío de toda realidad, o al menos de toda realidad que puede compararse en lo grande y terrible, en lo tremendo y arrobador a la realidad: Dios.
VISION DEL HOMBRE MODERNO
Estos hombres no niegan a Dios... lo nombra, lo invocan, pero nunca han penetrado su grandeza y la bienaventuranza que puede hallarse en El. Dios es para ellos algo inofensivo con lo que no hay que atormentarse mucho. La existencia misma de Dios nunca se ha interpuesto en su camino, gigantesca e inaccesible como una montaña. Dios queda en el horizonte como un volcán que está bastante lejos para no temerle, pero aún bastante cerca para darse cuenta de su existencia. A menudo Dios no es más que un cómodo refugio mental: todo lo que es incomprensible en el mundo o en la propia vida se le achaca a Dios: ¡Dios así lo ha hecho! ¡Dios así lo ha querido!... A veces Dios es un cómodo vecino a quien se puede pedir ayuda en un apuro o en una necesidad. Cuando no se puede salir del paso, se reza, esto es, se pide al bondadoso Vecino que lo saque del peligro, pero se volverá a olvidar de El cuando todo salga bien. Estos no han llegado hasta la presencia, hasta la abrumadora proximidad de Dios.
Al hombre siempre le falta tiempo para pensar en El. Tiene tantos otros cuidados: comer, beber, trabajar y divertirse... Todo esto tiene que despacharse antes que él pueda pensar con reposo en Dios. Y el reposo no viene, nunca viene.
Hasta los cristianos a fuerza de respirar esta atmósfera estamos impregnados de materialismo, de materialismo práctico. Confesamos a Dios con los labios, pero nuestra vida de cada día está lejos de El. Nos absorben las mil ocupaciones, gentes de la casa, del negocio, de la vida social. Nuestra vida de cada día es pagana. En ella no hay oración, ni estudio del dogma, ni tiempo para practicar la caridad o para defender la justicia. La vida de muchos de nosotros ¿no es, acaso, un absoluto vacío? ¿No leemos los mismos libros, asistimos a los mismos espectáculos, emitimos los mismos juicios sobre la vida y sobre los acontecimientos, sobre el divorcio, limitación de nacimientos, anulación de matrimonios, los mismos juicios que los ateos? Todo lo que es propio del cristiano, conciencia, fe religiosa, espíritu de sacrificio, apostolado, es ignorado y aún denigrado: nos parece superfluo. Los más llevan una vida puramente material, de la cual la muerte es el término final. ¡Cuántos bautizados lloran delante de una tumba como los que no tienen esperanza!
La inmensa amargura del alma contemporánea, su pesimismo, su soledad... las neurosis y hasta la locura, tan frecuentes en nuestro siglo ¿no son el fruto de un mundo que ha perdido a Dios? Ya bien lo decía San Agustín: "Nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti". O bien aquél que escribía: "Si me aparto, mi dios, de tu lado - inquieto y turbado - camino al azar. - Y no es mucho que gima, Dios mío, - también gime el río - buscando la mar".
En esas tremendas tragedias que son El Cero y el Infinito y La Peste, en ninguna parte aparece un rayo de esperanza, porque allí Dios está totalmente ausente, y en esa honda negrura que describe Georgiu en La Hora 25, el único rayo de luz viene de los que, como el P. Kaluga, tienen el sentido de Dios. El pesimismo brutal de Sartre, la angustia enloquecedora de Nietzsche, son el eco de su grito: Dios ha muerto. Esas obras, las más demoledoras que jamás se hayan escrito, son el veneno que está corroyendo el alma contemporánea y que suprimen de su espíritu, junto con la dignidad del hombre, la confianza, la confianza en la Paternidad Divina y toda alegría.
ANSIEDAD DE DIOS
Felizmente el alma humana no puede vivir sin Dios. Espontáneamente lo busca, como el heliotropo busca el sol y aún en manifestaciones objetivamente desviadas. En el hambre y sed de justicia que devora muchos espíritus, en el deseo de grandeza, en el espíritu de fraternidad universal, está latente el deseo de Dios. La Iglesia Católica desde su origen, más aún, desde su precursor el pueblo prometido, no es sino la afirmación nítida, resuelta, de su creencia en Dios. Por confesarlo murieron muchos en el Antiguo Testamento, por ser fiel al mensaje de su Padre murió Jesús y después de El, por confesar un Dios Uno y Trino cuyo Hijo ha habitado entre nosotros, han muerto millones de mártires. Desde Esteban y los que como antorchas iluminaban los jardines de Nerón hasta los que en nuestros días en Rusia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia; ayer en Japón, en España y en Méjico, han dado su sangre por El. A otros no se les ha pedido este testimonio supremo, pero en su vida de cada día lo afirman valientemente. Religiosos que abandonan el mundo para consagrarse a la oración: en Estados Unidos hay trece conventos Trapenses que no hacen sino trabajar silenciosamente para no perder de vista la presencia de Dios: religiosas como los que han fundado el Padre Voillaume, que unen su vida de obreros en la fábrica a una profunda vida contemplativa.
Hay también universitarios, como los he podido ver en Francia y en España, en Inglaterra y en Bélgica, animados de un serio espíritu de oración, y para quienes se estudio es un deseo de glorificar al Creador.
Hay obreros como los de la JOC, que son ya más de un millón en el mundo; campesinos para los cuales la plegaria parece algo connatural y junto a ellos, sabios, sabios que se precian de su calidad de cristianos: hombres como Carrel, Lecomte de Noui; literatos como Claudel, Gabriela Mistral, Papini, Graham Greene, y para qué seguir esta numeración...! En medio de un mundo en delincuencia hay grupos selectos de almas escogidas que buscan a Dios con toda su alma y cuya voluntad es el supremo anhelo de sus vidas.
Hasta fuera de la Iglesia, en movimientos como el iniciado por el Mahatma Gandhi en la India, por el Rearme Moral en Ginebra, por el Oxford Movement en Inglaterra, ponen en primer lugar la idea de Dios.
LA SERENIDAD DEL ALMA
Y cuando lo han hallado, su vida descansa como en una roca inconmovible; su espíritu reposa en la Paternidad Divina, como el niño en los brazos de su madre.
La hondura de la vida, su belleza, son el fruto del conocimiento de la Divina Amabilidad, de las mercedes que de El emanan y de las fuerzas que El brinda.
Cuando Dios ha sido hallado, el espíritu comprende que lo único grande que existe es El. Frente a Dios todo se desvanece: cuando a Dios no interesa se hace indiferente. Las decisiones realmente importantes y definitivas son las que yacen en El.
Hay también un dolor de Dios, dolor indescriptible e inconmensurable que tortura al alma con espanto y asombro. Hay un temor de Dios: el de arrojar una sombra sobre la imagen del Amado. Temor de ofrecer tan poco al que todo se le debe.
Al que ha encontrado a dios acontece lo que al que ama por primera vez: corre, vuela, se siente transportado; todas sus dudas están en la superficie, en lo hondo de su ser reina la paz. Lo duro, las contrariedades, se deslizan; en el centro de la vida perdura el conocimiento del ser y del amor de Dios. La entrega del que reposa en Dios es un olvido de sí. No le importa ni mucho ni poco cuál sea su situación, ni si escucha o no sus preces. Lo único importante es: Dios está presente. Dios es Dios. Ante este hecho calla su corazón y reposa.
Esta confianza es fruto de un magnánimo y humilde amor. Si Dios quita algo, aun con dolor, es El y eso basta. Esto lo hace feliz y enciende todas las luces de su alma. No es un amor sentimental, es amor sencillo, simple, y que se da por sobre entendido. Es así porque no puede ser de otro modo.
En el alma de este repatriado hay dolor y felicidad al mismo tiempo. Dios es a la vez su paz y su inquietud. En El descansa, pero no puede permanecer un momento inmóvil. Tiene que descansar andando; tiene que guarecerse en la inquietud. Cada día se alza Dios ante él como un llamado, como un deber, como dicha próxima no alcanzada.
Hay en él un temor de Dios, pero no el temor infantil semejante al del perro que espera a cada momento el látigo. Donde domina el espíritu no hay terror: todo se torna claro, luminosos, benéfico. Ante Dios, no somos sus esclavos, sino que, por su predilección, somos sus hijos. El verdadero temor de Dios no consiste ni en el miedo al castigo, ni en la insuficiencia de nuestro concepto de Dios, sino en la proximidad de Dios mismo. El que halla a Dios se siente buscado por Dios, como perseguido por El, y en El descansa, como en un vasto y tibio mar. Ve ante sí un destino junto al cual las cordilleras son como granos de arena. Esta búsqueda de Dios sólo es posible en esta vida, y esta vida sólo toma sentido por esa misma búsqueda. Dios aparece siempre y en todas partes, y en ningún lado se le halla. Lo oímos en las crujientes olas y sin embargo calla. En todas partes nos sale al encuentro y nunca podremos captarlo, pero un día cesará la búsqueda y será el definitivo encuentro. Cuando hemos hallado a Dios, todos los bienes de este mundo están hallados y poseídos.
CONCLUSIONES
En toda nuestra vida es Dios lo que la luna para el mar: la causa de sus crecientes y de sus menguantes. Todas nuestras peregrinaciones terrestres han sido movidas por el llamado divino, llamado que ya nos eleva a lo alto, ya nos precipita en lo hondo. Ese llamado de Dios, perceptible en nuestras almas, es el que nos ha convocado a todo lo que merece llamarse grande en nuestra vida, a todo lo que da sentido a una existencia cuando la vida es en verdad una vida.
Y ese llamado de Dios, que es el hilo conductor de una existencia sana y santa, no es otra cosa que el canto que desde las colinas eternas desciende dulce y rugiente, melodioso y cortante. Llegará un día en que veremos que Dios fue la canción que meció nuestras vidas. ¡Señor, haznos dignos de escuchar ese llamado y de seguirlo fielmente!

sábado, 16 de abril de 2011

La Pobreza tiene Nombre y Apellido


Hace casi un mes que volví a Buenos Aires. Mis primeras semanas estuvieron algo ocupadas, pero ya ahora que todo está más tranquilo, volvió mi inquietud por el tema de la pobreza en esta ciudad.
Estuve leyendo algunos artículos de “La Nación” y otros datos estadísticos del “INDEC” y me sorprendí mucho “Estiman que la pobreza es casi el doble de la admitida por el Gobierno: Tres informes privados a los que accedió lanacion.com indican que supera el 30% y alcanza a más de 12 millones de personas en el país; hay más de 4 millones de indigentes” (¡Entre pobres e indigentes hacen la población de Chile!)
He oído a mucha gente decir que los pobres, son pobres porque quieren, idea que claramente no comparto. Hay una serie de factores que influyen en la pobreza, pero creo que el peor problema es nuestro egoísmo.
La gente en las calles parecen ser algo más del paisaje, como si fueran seres inanimados que puedes obviar, a algunos les desagrada y otros, ni siquiera los notan. Hay gente en el tren que a veces les dan una bebida o algo para comer a los niños que suben pidiendo dinero, pero no los miran, ¡qué decir de tocarlos! Como si pudieras contagiarte de esa cosa extraña que los ha llevado a esa situación…
Ayer mientras iba en el colectivo recordaba algunas historias de vagabundos con los que he hablado. Recordaba a Patricio, cómo llegó hace más de 5 años desde el norte para trabajar, pero debido a una serie de crisis económicas fue desempleado y durante mucho tiempo no encontró nada, su única opción fue la calle y ya lleva varios años ahí. Se pasea de noche por los caminos de Buenos Aires buscando comida y otras cosas que pueda vender.
También recuerdo a Felipe, un hombre bueno y muy limpio que dormía cerca de una de las plazas de Saavedra, llevaba mucho tiempo buscando un trabajo, pero por no tener una residencia fija, le era difícil. Llevaba más de 11 años viviendo allí.
Todas estas historias y otras más, me llevaron a pensar que muchas veces se intenta solucionar la pobreza sin tener contacto con los pobres. Olvidamos que son un conjunto de personas, todas con una historia, con historias…
La pobreza tiene nombre y apellido, como cada una de las personas que la componen…